sábado, 21 de junio de 2014

Un balón (ensayo sobre el mundo mundial)


“Es posible que el futbol represente la última frontera legítima de la intransigencia emocional”
Juan Villoro

Un balón: unas piernas y sus patadas; unas cabezas y sus cabezazos; unas manos y sus lanzadas; unos ojos, muchos ojos, y sus miradas; unas bocas y sus voces; unas palmas y sus palmadas, una emoción y sus angustias, su frenesí, su gloria, La Gloria. Un balón: unos jóvenes, once, veintidós; un señor, dos señores, tres señores; un espectador, dos espectadores, tres espectadores, cincuenta mil espectadores allá, cientos de millones de espectadores acá. Un balón y su deporte, un deporte y su negocio, un negocio y su mundo, un mundo y su mundial.

Un balón, el relajo y su fenomenología gregaria; las ganas de juntarse para disfrutar, para disfrutarse; las ansias de juntarse para sufrir, para sufrirse; juntarse para juntarse; el futbol no se puede, no se debe, ver solo, ni que estuviera uno desahuciado; 90 minutos y la nave que va; 90 minutos y el fin de la historia; 90 minutos y el silbatazo final después del cual sólo la nada.

Un balón y sus pretextos, no hay pero que valga; la evasión es redonda y el mundo mundial es plano, rectangular y tiene porterías; todos estamos enchufados y el que no brinque es chafa; no lo logró ni Marco Polo ni Colón, tampoco Jesús ni el Mahatma, pero para eso creada fue la FIFA; la miseria no existe y Brasil, a pesar de todo, es el anfitrión; no hay pero que valga, sólo los goles que acumulados valen tres puntos, los que se necesitan para pasar a la siguiente ronda que también es redonda como la evasión de un mundo plano como pantalla que apantalla.

Un balón que rueda sobre la inclinación a pensar que este mes lo es todo y el todo es redondo y cabe en una copa de oro y oropel; un balón y la necedad de querer discutirlo cuando todo está dicho, todo está hecho, todo está consumado con su mismo consumismo.

Un balón que un día fue deporte antes que mercancía; un balón que sin embargo es todavía algarabía; un balón que antes de sentenciarse se afirmó en la alegría de juntarse. Un balón, el balón, que es redondo y rueda. Un mundo, el mundo, que es mundo mundial. Alabado: la historia ha comenzado pero se va a terminar.



(Dormingo publicado en la versión impresa de Cambio de Michoacán del sábado 14 de junio y para ser leído como fue reescrito: el día que México debuta y gana en el Mundial, tomando una gran y helada cerveza artesanal moreliana Stout y escuchando la estridencia del Futbol-in del enloquecido sincretismo de Javi P3Z Orquesta)

domingo, 8 de junio de 2014

El Río y la Mar, Montevideo


A mi Peque, que tanto extrañé y que hoy (7 junio) cumple años
A mi amigo el Perito Informático, gran hallazgo en Montevideo
A mis amig@s de la Corte Electoral

Esta no es la Mar, es un Río. Un río grande como mar; pero un río, no la mar. Domina también el horizonte, al que colma con sus aguas, pero no es la mar. La mar está un poco más afuera y es grande, también muy grande, pero no es un río, como éste que sí es un río.

Este sí es un río. Un río grande que penetra la tierra y se mete a sus entrañas. La mar sólo la lame. Este río, en cambio, la penetra y se mete en ella. Pero lo hace suave, casi sin moverse: tersamente. Se ve que lo hace desde hace mucho tiempo y por eso sabe cómo hacerlo. La otra vez, lo hizo mientras temprano llovía. Lo sé, porque yo estaba en la orilla.

Este sí es un río. Un río generoso que habita, aquí, gente gentil. A su rivera llegan calles que caen como ríos, pero ríos chiquitos. Obviamente, esas calles no llevan agua: llevan gente. Pero de todas maneras, desembocan en el río. Y desembocan con todo y su gente que, también obviamente, no se avientan a sus aguas, pero si conviven con él tan despreocupadamente que parece que ni el río ni ellos se dieran cuenta que lo hacen.

Por eso esta gente es especial. Tienen un río monumental y los domingos van a su rambla con sus cañas a pescar, y pescan. Pero casi no comen pescados, comen carne. Carne de res, puerco u cordero, pero casi no de pescado. De hecho, en el mercado del puerto de los pescadores van a comer asados de carne de res, puerco o cordero, pero no de pescado.

Esta gente es especial. Tienen un sentido de la suavidad entre sí que recuerda cuando todos honrábamos la fraternidad. Ellos todavía la honran. Por eso caminan por esas calles como ríos chiquitos con un termo con agua caliente bajo el brazo y un mate en la mano del otro brazo. Yo creo que llevan así todo el tiempo el termo no porque lo necesiten para el mate, sino porque lo necesitan para abrazarlo en tanto abrazan a un semejante.

Esta ciudad es especial y su gente gentil. Aquí, los hombres que se quieren se dan un beso cuando se saludan y las mujeres tienen la manera más elegante del mundo para siempre imponerse. Quizá sea porque este río no es la mar y esta ciudad sí es Montevideo.

(Dormingo publicado en la versión impresa de Cambio de Michoacán del 7 de junio del 2014 y para leerse como fue escrito: con un tinto Tannat uruguayo en la mano y la música de una buena conversa en los nuevos amigos)

domingo, 18 de mayo de 2014

Dar clases es como torear (en ocasión del día del/a Maestro/a)


A mis maestros, y ¡a mis alumnos!

Dar clases es como torear. O al menos esa es su expresión plástica más cercana. Como yo nunca he toreado pero soy profesor que ha visto y sentido ver torear cientos de veces, no puedo saberlo de cierto pero lo supongo: dar clases debe ser como torear. La misma emoción y la misma necesidad de dominar el espacio, la arena y las embestidas con soberbia elegancia y elemental instinto de sobrevivencia. Si el diestro sale airoso podrá ser vitoreado y aún levantado en hombros con veneración. Pero si no logra pasar la prueba con éxito, el oprobio lo puede llevar hasta el lindero agónico de la mala fama, muy parecido al barranco letal de perder talento y vida.

Dar clases es sobre todo y ante todo una fiesta, una celebración colectiva y vital. Una fiesta, como suele decirse, brava; embravecida y embravecedora. El hombre (y la mujer también, claro) ante a sus más emblemáticas desafíos: la naturaleza indómita y el conocimiento indomable.

Desde el paseíllo del claustro, el profesor (la profesora) se viste de luces y aparece espectacular al centro del coso. Todos expectantes, esperan que despliegue sus mejores artes e imparta cátedra. Sus movimientos y destrezas mil veces ensayadas deben manifestarse soberbias en la elocuencia de la improvisación ante embistes imprevistos, preguntas e inquisiciones del respetable vuelto verdugo o redentor.

Enfrentar a un público que escucha y califica antes de disponerse a entregarse dócil a construir nuevos conocimientos y recibir ignotos datos, es una experiencia plástica que expone al sujeto ante una fuerza descomunalmente superior a la suya, sin más armas que los talentos de los que se supone provisto y que debe acreditar para no sucumbir en el intento.

Por ello, los primeros 30 minutos frente al grupo de clase son como los primeros pases con la muleta en el primer tercio de la faena. En ellos y con ellos, se establece quién conduce la fiesta en la arena o en el aula. Lo demás es dejar que el profesor (la profesora) conduzca el semestre como una tarde grande de grana y sol. Quien lleva la experiencia y la vocación, lleva el capote y la espada. En su buen temple y figura radica la posibilidad de hacer del conocimiento y la reflexión crítica una fiesta que invita a hacer del estudio una profesión y de la vida una constante emoción.


(Dormingo para ser leído como fue escrito: esperanzado en que el respetable sabrá perdonar la comparación de la práctica docente con la tauromaquia, tan sujeta a rechazos beligerantes. Y escuchando, para resarcir el daño, la locura de “Sueños” de los profesores “Barrientos” en oda al Poeta)

domingo, 11 de mayo de 2014

Mamá


A Itzia, Eri y Ana Lucía, que acaban de ser mamás
A Sandra, que lo es definitivamente
A Coqui que siempre lo será
A Carla, por Naty y Vale
A mi abuela Lilia, por el amor a la vida
Y, por supuesto, a mi Mamá, por la vida del amor.

Manos de abrazo, mirada de abrazo, voz de abrazo, caricia de abrazo, cuidados de abrazo. Abrazo de amor.

Presencia que estuvo allí antes que llegáramos y allí estuvo hasta que nos fuimos. Presencia que ahora está aquí, al lado y dentro de mí. Noches sin fin, días totales. Desvelos y revuelos. En la salud y en la enfermedad, en lo próspero y en lo adverso. De verdad, en verdad. Todo el tiempo, toda la vida.

Refugio de todas las tempestades, catapulta de todas las bondades. Confidente y guía, inquebrantable compañía. Un día alegre en el parque, otro triste dejándole en la escuela. Otra vez descifrando acantilados, cruzándolos sin secuela. Recuerdo a mi mamá curándome con la mirada, ahora la siento sanándome inspirada.

El primer cariño, el primigenio, el definitivo, el fundacional, el fundamental. El latido del corazón. El sentir del suyo, antes que el nuestro. El primer sonido, la primera sensación. El calor y la paz. La protección de su vientre, la seguridad de su regazo. La certeza de la existencia. El faro y la mar, la Mamá.

Después de ella, la intemperie. El aire y la lluvia. No pocas tormentas. Las primeras palabras y los últimos discursos. Gripas demoledoras de noche y abrazos consoladores de madrugada; en su cama que es siempre el recinto más pleno del universo. Prisas por la mañana y besos sin fin el resto de la vida. Un regaño a tiempo y su arrepentimiento a destiempo. Todavía tienen en su haber la sabiduría del amor primero, el principal. Tienen ellas el don de ubicuidad y la eternidad.

Las he visto abrazar a sus crías e iluminar con intensidades el mundo y la vida en encuentro. Uno sólo de sus besos, de esos que dedican a sus crías desde dentro, desde donde los llevaron puestos, basta para crear y recrear la vida en el centro. Puede ser que no se hayan dado cuenta, pero una mamá es lo más maravilloso del cuento.

(Dormingo para leerse como fue escrito: desinhibidamente amoroso. Sabedores que la condición de madres es plural y diversa, no siempre tersa. Escuchando la maravilla de “The Shape of Her Face” de Michael Whalen incluido en la delicia de “Close to the Heart” de Narada)

miércoles, 7 de mayo de 2014

La Barbie Humana (o de "qué bonito es lo bonito, -pero- cuando es bonito")


Se llama Valeria Lukyanova y me horrorizó. Nativa de un país de Europa del Este de cuyo nombre no quisiera acordarme, reside ahora en el limbo terrible de la defenestación humana. Su supuesta belleza no es más que un retrato esperpéntico de lo más lamentable de nuestra especie: la estupidez. Antes encantaba, ahora horroriza.

Dotada de una belleza singular que encantaba, esta joven humana poco a poco dejó de serlo para convertirse en lo que ahora es: una modelo comercial. Y al lograrlo, no puede sino simplemente horrorizarnos. Lo dicho: antes encantaba, ahora horroriza.

Hace algún tiempo, Valeria se impuso la peregrina idea de parecerse lo más posible a la famosa muñeca estadounidense autodenominada “La Barbie”. Y lo logró: es idéntica. Y lo logró a pesar de un muy concienzudo artículo que hace tiempo leí y en el que algún crítico de los estereotipos culturales impugnaba el pretendido patrón de belleza de La Barbie (la muñeca gringa, no el narco mexicano, claro…) al señalar que las proporciones de su cuerpecito y rostro eran simplemente impensables en un ser humano, pues con esa morfología no habría mujer humana que pudiera subsistir, bueno ni sostenerse de píe. Y se equivocó, tanto como ahora todos lo estamos haciendo junto con la joven Lukyanova.

El asunto es que esta ser humano se ha sometido a una cantidad ya verdaderamente innumerable de cirugías plásticas que le han desprovisto de su apariencia natural de joven bella y le han provisto de la apariencia artificial de muñeca emblemática. Por su propia convicción, Valeria dejó de querer parecer persona y buscó parecer cosa. Nadie, ningún filósofo, físico o científico, ha logrado como ella acreditar semejante extraviado tránsito del espíritu hacia la materia.

Pero el problema no es Valeria. Ultimadamente cada quien hace con su cuerpecito lo que quiere… ¡bendito sea! El problema somos nosotros, todos nosotros. ¡Algo le está pasando a esta comunidad de miles de millones de seres humanos que una de nosotros ha decidido dejar de ser (o parecer) persona y quiere ahora ser (o parecer) cosa!

Ya perdimos a la chica Lukyanova y, en la inmensa pena de su extravío, todos nosotros hemos dado un paso más en el precipicio: ya no sólo fastidiamos el concepto ético y estético de “lo bonito” hasta hacerlo feo, sino que hemos desgraciado nuestra idea de consagración de “lo humano” hasta deshumanizarlo. Mal plan.

PD: Y lo peor no es eso, sino que por allí anda un mono que dice pretender lo mismo, ¡pero con el siniestrísimo Kent! (a la sazón, el muñeco novio de la muñeca Barbie). Aunque a decir verdad, el muy sonso ni se parece.


(Dormingo publicado en la versión impresa de Cambio de Michoacán del 3 de mayo del 2014, para ser leído como fue escrito y deben serlo todos los dormingos que se respeten: relajando el músculo craneal después de una inhumana sobreexplotación. Mejor si lo acompañan con la locura excéntrica y sincrética de Lady Madonna en el  “Love” del Cirque du Soleil con los Beatles. ¡Eso si es bonito!)

domingo, 27 de abril de 2014

Gabo (Dormingo de despedida al escritor escribano)


Mariposas amarillas. Súbitamente, como si fueran miles de flores amarillas llovidas sobre Macondo, todas ellas levantaron su frágil vuelo y revolotearon el aire plano llevando como estela el cuerpo sin vida del escribano y escritor. En la ligerez del despegue terrestre, una alegre pluma abandonó el cortejo y se nos vino a incrustar en los ojos. Por eso, todos lloramos la partida del inmortal Gabo: Gabriel García Márquez.

Y de entre la muchedumbre que nos reunimos metafísicamente a su alrededor, un coro de voces múltiples entonaba elegías y cantos paganos. Pero ninguno profano. Ese día nadie dijo misa. No hubo tropel, sólo la familia caminó serena a la cremación. Después vino la despedida y las honras públicas y oficiales en torno de una urna con cenizas.

De entre toda esta conmoción, un dato sorprendió: no hubo un solo detractor. Como los hombres buenos, sólo buena voluntad se manifestó. Y sorprendió porque desde hace poco y en tremendo contingente incontenible, también hemos visto pasar e irse a otros hombres (y mujeres) buenos, pero al mismo tiempo hemos escuchado como le acompañan quienes les detractan y sepultan, a veces antes de tiempo. Así oímos voces majaderas y torpes que desde la izquierda se cuestionaban a Paz o desde la derecha se impugnaban a Fuentes. Cosas de la hemiplejia moral (más bien ideológica, si es que en ella caben ideas) de la que hablaba Ortega y Gasset, ya suficientemente malinterpretado.

Pero el caso es que ese no fue el caso en el caso de García Márquez (je). ¿Por qué? No sé, pero quizá la respuesta esté en algún lugar escondida entre su mágica capacidad para forjar amistades reales, y su público y notorio equilibrio ante los así llamados “temas de actualidad”.

Todo mundo sabíamos de sus “posiciones de izquierda”. Algunos incluso por ellas lo disfrutábamos más como creador. Otros más preferían simplemente obviar, por ejemplo, su muy conocida amistad y complicidad con Fidel Castro de la que, por cierto, surgieron varios de sus pocos,  pero muy memorables, discursos leídos que hacían notar que el Comandante sí tenía quién le escribiera.

El asunto es que el celebre Gabo supo distinguir y hacer lo que en buen mexicano referimos cuando afirmamos que “una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa”. Y éste es el caso (je, otra vez): García Márquez supo diferenciar y sin embargo ejercer sincrónicamente, su condición de ciudadano y de escritor, incluso como periodista.

Como ciudadano, sabía que podría opinar sobre los asuntos sociales y públicos cómo le viniera en gana, pero quizá no le interesó. O no le interesó tanto como decirlo como escritor: escribiendo. De allí que, sin embargo, García Márquez no sólo fue un escritor, sino también un escribano que daba, literalmente, fantástica constancia de los hechos y los actos que pasaban frente a él. Por eso, para entender a Nuestra América, la América Latina, y sus soledades y esperanzas, pocas cosas tan valederas como leer la obra literaria (ya no digamos la periodística) de García Márquez.

No hay duda: junto con la sociología de González Casanova, la filosofía de Zea, los ensayos de Paz, la historia de Halperin, la economía de Prebisch y, hay que decirlo, la Poesía de Neruda, las narraciones de Cortazar y las novelas de Fuentes o Vargas Llosa, sus letras son también clásicas en ésto que podemos llamar a ver y pensar a América Latina desde América Latina.

Visión clásica y originaria que, como toda ella, tiene y debe tener actualizaciones e incluso sucesiones diversas, pero siempre fundadas y fundidas en su aliento humanista y justiciero, literalmente hablando y escribiendo. En particular desde esa visión que nos llena tanto de nosotros mismos y nos invitan a seguir intentando la utopia. Por eso, ahora que ha decidido seguir a las mariposas amarillas que lo hacen levitar al lado de todos nosotros, junto con el Nobel en Estocolmo, hoy habremos de seguir hablando, pensando, escribiendo, viviendo, sufriendo y transformando la soledad de nuestra América Latina, pues como diría el Gabo:

Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra”.

Que no descanse en paz, sino en creativa presencia, el escribano y escritor Gabriel García Márquez.



(Dormingo publicado en la versión impresa de Cambio de Michoacán del 26 de abril del 2014 y para ser leído como fue escrito: alegre en el legado y presencia, literalmente, de la vida y sus soledades. Escuchando la maravilla cripto autóctona de “Paisajes” de los maestros Antonio Zepeda y Eugenio Toussaint)

domingo, 13 de abril de 2014

Diez mil años (Dormingo de Celebración)


Hace varios millones de años que el primer changuito se bajó del árbol y comenzó a caminar erguido, y acaso diez mil que sus descendientes aprendieron a cultivar la vid y obtener de ella el rico fruto del buen vino.

Diez mil años. No son poca cosa, como para contemplarlos en las tonalidades rojizas de una copa levantada como estandarte de una cultura y la sana degustación de los alimentos de la tierra. Diez mil frente a los 6 mil con que cuenta la cerveza, su más cercana competidora.

Los primeros fueron los Sumerios, hace aproximadamente 8 mil años, luego los Egipcios (6 mil), los Fenicios (3 mil), los Griegos (2 mil), y los célebres Romanos (mil) que comienzan su conservación, dando origen a la crianza de nobles barricas como con el legendario Opimiano del año del consulado de Opimius en el121 a.c., consumido incluso 125 años después.

En América había también vid nativa, pero no se utilizaba para procurar vino. Fueron los misioneros católicos y sus misas las que lo introdujeron en nuestros lares y hábitos. Por decreto real, poco después de la Conquista, hubo de disponerse  que todos los barcos que se fuesen a hacer las Américas debiesen viajar con vides y olivos.

La vid y su rico fruto se expandió por nuestras geografías indómitas, hasta que nos hicimos competitivos ante los productores peninsulares, quienes impulsaron al Rey Felipe II a decretar, en 1595, el exterminio de los viñedos del nuevo mundo.

Pero la semilla estaba sembrada y en 1597, un nuevo y pronto decreto autoriza a don Lorenzo García para que en Parras, ahora Coahuila, establezca la Hacienda y Bodegas de San Lorenzo para producir el vino de consagrar necesario para la redención de las almas mestizas.

En 1870, don Evaristo Madero adquiere a San Lorenzo y funda la Casa Madero que todavía conocemos. Desde entonces, en este noble país se produce buen vino que, después de las pésimas rachas de los años setenta y ochenta, nos comienza a enorgullecer con las cosechas coahuilenses y bajacalifornianas, de alta calidad y oriundez fundamentalmente en el generoso Valle de Guadalupe.

Diez mil años. Gran cosa para celebrar y descorchar esta tarde un buen tinto mexicano, en celebración y conmemoración nuestra.



(Dormingo publicado en la versión impresa de Cambio de Michoacán y para ser leído como fue re-escrito: después de una semana de locos furiosos, degustando un buen vino de vid mexicana. Mejor si fuera un María Tinto, predilección de la hija mayor. Y escuchando los sonidos de aliento del “Camposanto” de Sibila de Villa, gran cosa!)