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domingo, 21 de septiembre de 2014


A veces las carreteras son una forma de escapar. Nada mejor para una gran tristeza, que una larga carretera. Entre más profunda la pena, más extensa la carretera. Pero la condición es transitarlas solo, como sólo se puede ir a través de una tristeza verdadera. La profundidad de sus trazos inacabables y el silencio del viento surcándote, son el mejor estadío para la meditación necesaria, el mayor remedio para encarar el tiempo que todo lo cura.

Nada mejor que tu auto y una buena dotación de música para la ocasión. Allí adentro te puedes volcar como calcetín y ver tus sentimientos aflorar para ordenarse, serenarse. Por ello, en un horizonte abierto, las carreteras dibujan un perfecto punto de fuga.

Para esos afanes, las rectas son propiciatorias, indispensables. Las curvas te reclaman discernir entre las ideas que se aglomeran. Las rectas te permiten la introspección plena. Sólo cuando rebasas a otro vehículo pierdes la desconcentración y debes regresar a la Tierra y sus durezas objetivas.

Pero no hay que olvidar que las carreteras son mágicas. Constituyen un túnel anímico que te transforma. Si te entregas a él y si seleccionas bien tu música, tu estado de ánimo puede llevarte de la desolación a la euforia. Poco a poco, te vas dando cuenta de que avanzas, hasta el punto donde te das cuenta de que te haz dado cuenta de todo y de que haz avanzado todo. El tiempo y el espacio han transcurrido por dentro de ti; te han redimido.

Es entonces cuando llegas a tu destino. Al arribar, te asombrará darte cuenta de que, a pesar de tus pesares, la alegría es la estación de embarque y llegada de una carretera, que transita por la íntima soledad hasta convertirla en comunión con tu circunstancia. Por eso las carreteras son transitables y son mágicas; un espacio para reafirmar que la condición humana es pasajera y diversos sus paisajes íntimos.


(Dormingo revisitado en la versión impresa de Cambio de Michoacán el 20 de septiembre de 2014 y para ser leído como fue escrito: hace tiempo tras un largo viaje en carretera, después de visitar a sus hijas en territorio distante y escuchando ahora el “play list” preparado para viajes carreteros, que inicia con “Where the streets have no name” y termina con la Sinfonía No 9 “From the new world” de Dvorak)

domingo, 7 de septiembre de 2014

Mírame


Mírame. Descúbreme sintiéndote, sintiéndome, asumiéndome. Tócame con ese manto de gasa y gozo. Deja que sienta la calidez del infinito sin tiempo ni circunstancia. Pon un momento esa magia sobre mí y explícame deletreándome. Sintetízame: mírame.

Mírame. Mírame y redímeme. Justifícame. Hazme sentir lo que se siente cuando se siente. Sublima este pedazo de existencia y cobija su humana naturaleza. Pon aquí tu mirada y sálvame en la inocuidad. Haz un haz de luz con tus ojos que me ilumine por dentro, hasta explotar como arcoiris, pero sin prisma no prisa.

Mírame. Mírame con esa mirada tuya, única, absoluta, tersa, suave, dulce, sonriente, perspicaz, penetrante, atolondrante, exhultante, convocante, relajante, enamorante, vivificante, como caricia de Dios, como cariñito de viento fresco en verano, como beso de aire caliente en invierno, como cosecha de mares y lares.

Mírame. Mírame con esa mirada de brújula y enséñame donde está el puerto donde habrá de desembarcar el destino con todo y su tripulación de seres locos, diminutos y perdidos en su desamparo de sí mismos, como mimos sin mimos.

Mírame. Mírame y hazme sentir que el calor no es una temperatura, sino una sensación de gratitud. Y que la gratitud no se agradece, sino se disfruta, pues es grata. Mírame y recuérdame cómo es que, siendo mujer, eres cobijo y ausencia a la vez.

Mírame y tócame con ese tacto tuyo, tan inmaterial y sublime. Mírame. Mírame y cúbreme con esa forma de acariciar sin tocar, con esa manera de tomarme sin tocarme, con ese estilo que tienes sin decirlo.

Mírame y háblame de la vida primigenia. Mírame y recuérdame de qué se trata todo esto.  Mírame. Mírame y hazme sentirte sobre mí, como si fueras sólo tu mirada y tu mirada no fuese otra cosa que el olor a ti y el sabor de tu silueta bajo de mi.

Mírame, mírame por favor, por piedad, y hazme sentir, otra vez, que sí estoy vivo.


(Dormingo publicado en la versión impresa de Cambio de Michoacán del 7 de septiembre del 2014 y para ser leído como fue escrito: recordando su mirada y escuchando, con frenética obsesión, la versión de “Something” que los salvajes del Cirque du Solei  incluyeron maravillosamente en su “Love”)

domingo, 31 de agosto de 2014

Guía para un Dormingo



Levántese moderadamente temprano. No exagere, sólo hágalo antes que los demás, si es que vive usted felizmente acompañado. Si es ése el afortunado caso, bese suavemente a su pareja. Sea cuidadoso: deje sobre la frente un beso leve que sea perceptible, pero no incomode ni despierte. Mejor si acompaña el beso con un abrazo regocijante y agradecible.

Dispóngase para la dicha de la ducha sin prisa. Sólo los Dormingos ofrecen la grata posibilidad humana de disfrutar el agua tibia sin la presión neurótica del reloj y sus horarios laborales y escolares. No desperdicie, pero disfrute. Si le nace, chifle o cante para sí. Incluso si lo desea, no se bañe.

Ya de píe y listo, revise alacena y frigorífico para hacer recuento de provisiones. De él, deduzca un menú para la ocasión. Por favor, evite en todo punto la chafa tentación de los cereales y cualquier otro alimento al que solo se le agregue agua o leche para engullirlos. La cultura de nuestro país ofrece un bastísimo catálogo de platillos para almuerzos dormingueros.

Una amplísima variedad de ellos tiene su base en los huevos (o blanquillos, para evitar confusiones). Rancheros, a la mexicana, estrellados, revueltos con jamón, frijoles, chorizo o hasta salchicha, son opciones que usted podría considerar. Incluso, si está de inspiración y con tiempo suficiente, puede aventurarse a la experiencia transatlántica de la torrilla de patatas. Si su inclinación yanki es irremediable, los hot cakes pueden ser una excepción. Sólo recuerde que quedan más esponjados si usa leche clavel en vez de la regular.

Prepare el café y, mientras toma las primeras tasas, disponga el desayuno y convoque a los suyos a la mesa. Recíbalos con amor como a quien llega a una gran homilía. Comparta el pan y la sal, con el dulce de la mañana y los jugos de las frutas. Procure una conversación inaugural.

Después del desayuno, vaya usted por su periódico. Léalo sin aflicciones, mientras los demás se asean y preparan. Recuerde que nada es para tanto; ni el mundo, ni el país, ni los otros han sido nunca realmente una amenaza. Ninguna noticia, ni mala, ni buena, será nunca suficiente para una historia completa.

Antes de salir de casa, llame a un par de amigos. De ésos de gran valía a los que uno malamente poco procura. Entérese de sus asuntos y hágale saber su estima. Después, visite a algún familiar anciano y prepárese para acudir más tarde a los alimentos como pretexto para el disfrute de las gratas compañías. Relájese y entréguese a su relajación. Vea el atardecer en silencio. Disfrute su vida este día, es Dormingo.




(Dormingo revisitado en la versión impresa de Cambio de Michoacán el 30 de agosto del 2014 y para ser leído como fue escrito: algún domingo de éstos, con un café y en bata de baño, recién salido de la regadera, y escuchando el silencio de una mañana quieta y a solas…)

La Perilla


A Naty, que hoy vuela…


Todos los seres humanos nacemos con un dispositivo cerebral que bien podemos llamar “la perilla”. Se trata de un procedimiento (ojo: procedimiento, no mecanismo) de respuesta ante determinados impulsos externos que demandan de nuestra parte una opinión o una decisión. Dicho procedimiento es muy simple, pero de connotaciones muy complejas: en síntesis, consiste en un abanico más o menos restringido de opciones que las personas tenemos o creemos tener al presentarse situaciones ante las que debemos formarnos una opinión o, lo que es más contundente, tomar una decisión.

“La perilla” parte de un supuesto hiper-elemental: todas las personas estamos opinando y tomando decisiones a cada instante. ¿El tráfico de esta avenida es muy intenso o no? ¿Puedo intentar cruzarla en este momento o más tarde?. Esta persona que viene hacia mí, ¿es digna de mis consideraciones o no?, ¿la saludo o no? Son del tipo de las miles de opiniones y decisiones que todos los días nos hacemos. Y el común denominador es uno muy esencial: son y se trata de dilemas. Y nada como enfrentarnos a dilemas para medir o probar nuestro real y efectivo apego o no a valores y principios: sólo cuando estamos ante un dilema probamos realmente cuál es nuestra concepción de las cosas, los pensamientos, las acciones y sus consecuencias.

Así, todo el tiempo nos estamos formando opiniones y forjando decisiones: enfrentando dilemas. Por eso nos autodenominamos “animales racionales”. Y aún cuando el abanico de posibles opiniones y decisiones es casi exponencialmente tendiente a infinito, lo cierto es que, al final de cuentas, se reducen a dos tipos: las buenas y las malas.

Y lo bueno y lo malo en este caso no es un asunto moral; es un tema estrictamente procedimental y, más aún, instrumental. Aquí hay de dos sopas: las opiniones y las decisiones buenas y las malas. Y las buenas lo son porque son positivas y constructivas, en tanto que las malas lo son por negativas y destructivas. Ambas definidas así por su esencia y en sus consecuencias.

Así de simple: con nuestras opiniones y decisiones en la vida o construimos o destruimos. Desde luego, hay miles de matices en medio de estos extremos, pero al final de cuentas se refieren a opiniones y decisiones que son buenas, positivas y constructivas o malas, negativas y destructivas.

Y esos son, precisamente, los extremos de “la perilla”: o estamos en la vida de buenas, positivos y constructivos o estamos de malas, negativos y destructivos. No hay más. Y la alternativa de en qué lado de la perilla situar nuestra opción es siempre nuestra. De qué lado ponemos el cursor de “la perilla” es responsabilidad nuestra y de nadie más. Estemos concientes de ello o no, siempre es nuestra y de nadie más, por más que la circunstancia determine a la conciencia.

Voy a poner un ejemplo para explicarme. Supón por un momento que durante doce años no viviste con tu hija, por haberte divorciado de su madre. De repente, la vida te da la oportunidad de vivir con ella y tu, feliz y loco de contento, piensas que es para siempre o para casi siempre. Al menos te fijas el plazo de que ese “casi siempre” puede durar más o menos cuatro o cinco años, en lo que ella termina sus estudios de licenciatura. De repente también un día en una cena, como quien no quiere la cosa, te suelta el anuncio de que ya se va de casa: que se comienza a independizar. Entonces, ante este dilema, ¿qué haces? ¿Pones “la perilla” del lado malo, negativo y destructivo y opinas que la vida ya no tiene sentido porque tu hija se va y tomas la decisión de tirarte al drama y la depresión? O ¿pones la perilla del lado bueno, positivo y constructivo y opinas que lograste lo que propusiste desde la primera vez que la abrazaste y te la pegaste recién nacida al corazón decidiendo que querías educar a una mujer soberana y tomas al decisión de apoyarla con alegría y convicción?

El asunto, sencillo y radical como lo son las cosas simples y verdaderas de la vida, es claro: en la vida todos tenemos la responsabilidad de vivirla. Y hacia dónde y cómo pongamos “la perilla” será, siempre, asunto nuestro: de nuestras opiniones y decisiones.



(Dormingo publicado en la versión impresa de Cambio de Michoacán del 9 de agosto del 2014  y para ser leído como fue escrito: mientras tus seres amados conversan y tu escuchas un “playlist” cojonudo de “electro tango”, neta. Fundamentalmente, todo o casi todo Gotan Project)

miércoles, 16 de julio de 2014

Sazón para el Corazón (Plegaria a San Miguelito)


A Cynthia, naturalmente,
en ofrenda al talento con que nos nutre

Sazón para el corazón. Un poco de calor, para tanto color. Un poco de sabor, para tanto candor. Un poco de olor, para tanto esplendor. Un poco de todo, para tanto buen modo.

Una mano que con frutos danza, una mirada que aderezos lanza. Entre pizca y pizca, el sentido del equilibrio y la comunión: maridaje de la creación. Una ensalada, como hada alada, como ese corte extinto en su reencarnado tinto. ¿Un mezcal? No, mejor dos o tres sin pensarlo, pero ya no cuatro, porque entonces habrá quinto no malo.

Y es que el secreto de la receta no está en los ingredientes, ni en la ruta de su cocción: está en los cimientes, en el ánimo que la anima, en el toque exquisito de esa existencia creativa que nos recrea con sonoros sabores, preciosos olores. ¿Y ese Santo de cabeza? ¡Es su gran fortaleza!

Aquí no se come, se alimenta. Y el nutriente no es sólo el que la mar, la tierra y el cielo generosamente nos ofrece, sino la magia con que una muchacha incandescente lo ofrenda y lo reinventa.

Por eso, si vienes, emprende con goce los signos de su carta y si al leer en ella los mangares del mundo encuentras la gracia que transforma las sensaciones en sentimientos, será porque te ha cobijado el manto de San Miguelito y la mirada sutil de la chamán que le guía hacia ti. Por eso, si vienes, no te irás. Por eso, disfrútalo.

Ahora, provecho, siéntete en vida: estás en una cocina viva que, nunca furtiva, vibra altiva y nativa.


(Dormingo publicado en la versión impresa de Cambio de Michoacán del 12 de julio del 2014 y para ser leído como fue escrito: sentado en mi mesa de la terraza de San Miguelito, haciéndole los honores a un plato mezcalero con sus dos mezcales de Tzitzio y escuchando de memoria el “play list” que un día voy aquí a dejar)

domingo, 6 de julio de 2014

Un día


Un día voy a clavarme en esa cascada de fuego. Me voy a deslizar por esa espalda de lava y me voy a crucificar en la encrucijada de la vida. Justo donde todo pierde su nombre y todo consiste y conciente a quien se incinera sobre sus propias ansiedades por convertirse en ceniza, si es que ceniza es y en ceniza habrá de convertirse.

Un día voy a deslizarme y llegaré hasta el final, al otro lado de la realidad, en el fondo, sólo porque insistes. Ya verás. Ya sentirás. Si es que insistes.

Un día te voy a poblar, y sembraré ese surco tuyo con la semilla mía. Pero sólo si no llueve esa noche. Porque si llueve esa noche me desdibujaré entre tus humedades para renacer en todas las soledades. Por eso, mejor que sí llueva, pero sólo hasta que amanezca, porque entonces me secaré en medio del fuego de tus exigencias, ya sin reclamos.

Un día te me voy a amanecer y mis soles nacerán en tu selva, justo antes de que tus tempestades me inunden y no tenga otra opción que ahogarme en tu marea.

Un día te me vas a amanecer dormida, como en esta noche que te sueño y te extraño, como nunca.

Un día voy a navegar esa cadera, y si su cadencia me aprisiona, me dejaré caer sobre ti como mástil de madera. Y al amanecer prepararé el café, como siempre.


(Dormingo publicado en la versión impresa de Cambio de Michoacán del 28 de junio y para ser leído como fue escrito: de madrugada después de una jornada brutal de trabajo y una dosis quizá desmedida de mezcal, escuchando de memoria el sonido de las humedades… mientras, afuera, la lluvia cae al pasto como el verso al alma, parafraseando a El Poeta)

sábado, 21 de junio de 2014

Un balón (ensayo sobre el mundo mundial)


“Es posible que el futbol represente la última frontera legítima de la intransigencia emocional”
Juan Villoro

Un balón: unas piernas y sus patadas; unas cabezas y sus cabezazos; unas manos y sus lanzadas; unos ojos, muchos ojos, y sus miradas; unas bocas y sus voces; unas palmas y sus palmadas, una emoción y sus angustias, su frenesí, su gloria, La Gloria. Un balón: unos jóvenes, once, veintidós; un señor, dos señores, tres señores; un espectador, dos espectadores, tres espectadores, cincuenta mil espectadores allá, cientos de millones de espectadores acá. Un balón y su deporte, un deporte y su negocio, un negocio y su mundo, un mundo y su mundial.

Un balón, el relajo y su fenomenología gregaria; las ganas de juntarse para disfrutar, para disfrutarse; las ansias de juntarse para sufrir, para sufrirse; juntarse para juntarse; el futbol no se puede, no se debe, ver solo, ni que estuviera uno desahuciado; 90 minutos y la nave que va; 90 minutos y el fin de la historia; 90 minutos y el silbatazo final después del cual sólo la nada.

Un balón y sus pretextos, no hay pero que valga; la evasión es redonda y el mundo mundial es plano, rectangular y tiene porterías; todos estamos enchufados y el que no brinque es chafa; no lo logró ni Marco Polo ni Colón, tampoco Jesús ni el Mahatma, pero para eso creada fue la FIFA; la miseria no existe y Brasil, a pesar de todo, es el anfitrión; no hay pero que valga, sólo los goles que acumulados valen tres puntos, los que se necesitan para pasar a la siguiente ronda que también es redonda como la evasión de un mundo plano como pantalla que apantalla.

Un balón que rueda sobre la inclinación a pensar que este mes lo es todo y el todo es redondo y cabe en una copa de oro y oropel; un balón y la necedad de querer discutirlo cuando todo está dicho, todo está hecho, todo está consumado con su mismo consumismo.

Un balón que un día fue deporte antes que mercancía; un balón que sin embargo es todavía algarabía; un balón que antes de sentenciarse se afirmó en la alegría de juntarse. Un balón, el balón, que es redondo y rueda. Un mundo, el mundo, que es mundo mundial. Alabado: la historia ha comenzado pero se va a terminar.



(Dormingo publicado en la versión impresa de Cambio de Michoacán del sábado 14 de junio y para ser leído como fue reescrito: el día que México debuta y gana en el Mundial, tomando una gran y helada cerveza artesanal moreliana Stout y escuchando la estridencia del Futbol-in del enloquecido sincretismo de Javi P3Z Orquesta)

domingo, 8 de junio de 2014

El Río y la Mar, Montevideo


A mi Peque, que tanto extrañé y que hoy (7 junio) cumple años
A mi amigo el Perito Informático, gran hallazgo en Montevideo
A mis amig@s de la Corte Electoral

Esta no es la Mar, es un Río. Un río grande como mar; pero un río, no la mar. Domina también el horizonte, al que colma con sus aguas, pero no es la mar. La mar está un poco más afuera y es grande, también muy grande, pero no es un río, como éste que sí es un río.

Este sí es un río. Un río grande que penetra la tierra y se mete a sus entrañas. La mar sólo la lame. Este río, en cambio, la penetra y se mete en ella. Pero lo hace suave, casi sin moverse: tersamente. Se ve que lo hace desde hace mucho tiempo y por eso sabe cómo hacerlo. La otra vez, lo hizo mientras temprano llovía. Lo sé, porque yo estaba en la orilla.

Este sí es un río. Un río generoso que habita, aquí, gente gentil. A su rivera llegan calles que caen como ríos, pero ríos chiquitos. Obviamente, esas calles no llevan agua: llevan gente. Pero de todas maneras, desembocan en el río. Y desembocan con todo y su gente que, también obviamente, no se avientan a sus aguas, pero si conviven con él tan despreocupadamente que parece que ni el río ni ellos se dieran cuenta que lo hacen.

Por eso esta gente es especial. Tienen un río monumental y los domingos van a su rambla con sus cañas a pescar, y pescan. Pero casi no comen pescados, comen carne. Carne de res, puerco u cordero, pero casi no de pescado. De hecho, en el mercado del puerto de los pescadores van a comer asados de carne de res, puerco o cordero, pero no de pescado.

Esta gente es especial. Tienen un sentido de la suavidad entre sí que recuerda cuando todos honrábamos la fraternidad. Ellos todavía la honran. Por eso caminan por esas calles como ríos chiquitos con un termo con agua caliente bajo el brazo y un mate en la mano del otro brazo. Yo creo que llevan así todo el tiempo el termo no porque lo necesiten para el mate, sino porque lo necesitan para abrazarlo en tanto abrazan a un semejante.

Esta ciudad es especial y su gente gentil. Aquí, los hombres que se quieren se dan un beso cuando se saludan y las mujeres tienen la manera más elegante del mundo para siempre imponerse. Quizá sea porque este río no es la mar y esta ciudad sí es Montevideo.

(Dormingo publicado en la versión impresa de Cambio de Michoacán del 7 de junio del 2014 y para leerse como fue escrito: con un tinto Tannat uruguayo en la mano y la música de una buena conversa en los nuevos amigos)

domingo, 18 de mayo de 2014

Dar clases es como torear (en ocasión del día del/a Maestro/a)


A mis maestros, y ¡a mis alumnos!

Dar clases es como torear. O al menos esa es su expresión plástica más cercana. Como yo nunca he toreado pero soy profesor que ha visto y sentido ver torear cientos de veces, no puedo saberlo de cierto pero lo supongo: dar clases debe ser como torear. La misma emoción y la misma necesidad de dominar el espacio, la arena y las embestidas con soberbia elegancia y elemental instinto de sobrevivencia. Si el diestro sale airoso podrá ser vitoreado y aún levantado en hombros con veneración. Pero si no logra pasar la prueba con éxito, el oprobio lo puede llevar hasta el lindero agónico de la mala fama, muy parecido al barranco letal de perder talento y vida.

Dar clases es sobre todo y ante todo una fiesta, una celebración colectiva y vital. Una fiesta, como suele decirse, brava; embravecida y embravecedora. El hombre (y la mujer también, claro) ante a sus más emblemáticas desafíos: la naturaleza indómita y el conocimiento indomable.

Desde el paseíllo del claustro, el profesor (la profesora) se viste de luces y aparece espectacular al centro del coso. Todos expectantes, esperan que despliegue sus mejores artes e imparta cátedra. Sus movimientos y destrezas mil veces ensayadas deben manifestarse soberbias en la elocuencia de la improvisación ante embistes imprevistos, preguntas e inquisiciones del respetable vuelto verdugo o redentor.

Enfrentar a un público que escucha y califica antes de disponerse a entregarse dócil a construir nuevos conocimientos y recibir ignotos datos, es una experiencia plástica que expone al sujeto ante una fuerza descomunalmente superior a la suya, sin más armas que los talentos de los que se supone provisto y que debe acreditar para no sucumbir en el intento.

Por ello, los primeros 30 minutos frente al grupo de clase son como los primeros pases con la muleta en el primer tercio de la faena. En ellos y con ellos, se establece quién conduce la fiesta en la arena o en el aula. Lo demás es dejar que el profesor (la profesora) conduzca el semestre como una tarde grande de grana y sol. Quien lleva la experiencia y la vocación, lleva el capote y la espada. En su buen temple y figura radica la posibilidad de hacer del conocimiento y la reflexión crítica una fiesta que invita a hacer del estudio una profesión y de la vida una constante emoción.


(Dormingo para ser leído como fue escrito: esperanzado en que el respetable sabrá perdonar la comparación de la práctica docente con la tauromaquia, tan sujeta a rechazos beligerantes. Y escuchando, para resarcir el daño, la locura de “Sueños” de los profesores “Barrientos” en oda al Poeta)

domingo, 11 de mayo de 2014

Mamá


A Itzia, Eri y Ana Lucía, que acaban de ser mamás
A Sandra, que lo es definitivamente
A Coqui que siempre lo será
A Carla, por Naty y Vale
A mi abuela Lilia, por el amor a la vida
Y, por supuesto, a mi Mamá, por la vida del amor.

Manos de abrazo, mirada de abrazo, voz de abrazo, caricia de abrazo, cuidados de abrazo. Abrazo de amor.

Presencia que estuvo allí antes que llegáramos y allí estuvo hasta que nos fuimos. Presencia que ahora está aquí, al lado y dentro de mí. Noches sin fin, días totales. Desvelos y revuelos. En la salud y en la enfermedad, en lo próspero y en lo adverso. De verdad, en verdad. Todo el tiempo, toda la vida.

Refugio de todas las tempestades, catapulta de todas las bondades. Confidente y guía, inquebrantable compañía. Un día alegre en el parque, otro triste dejándole en la escuela. Otra vez descifrando acantilados, cruzándolos sin secuela. Recuerdo a mi mamá curándome con la mirada, ahora la siento sanándome inspirada.

El primer cariño, el primigenio, el definitivo, el fundacional, el fundamental. El latido del corazón. El sentir del suyo, antes que el nuestro. El primer sonido, la primera sensación. El calor y la paz. La protección de su vientre, la seguridad de su regazo. La certeza de la existencia. El faro y la mar, la Mamá.

Después de ella, la intemperie. El aire y la lluvia. No pocas tormentas. Las primeras palabras y los últimos discursos. Gripas demoledoras de noche y abrazos consoladores de madrugada; en su cama que es siempre el recinto más pleno del universo. Prisas por la mañana y besos sin fin el resto de la vida. Un regaño a tiempo y su arrepentimiento a destiempo. Todavía tienen en su haber la sabiduría del amor primero, el principal. Tienen ellas el don de ubicuidad y la eternidad.

Las he visto abrazar a sus crías e iluminar con intensidades el mundo y la vida en encuentro. Uno sólo de sus besos, de esos que dedican a sus crías desde dentro, desde donde los llevaron puestos, basta para crear y recrear la vida en el centro. Puede ser que no se hayan dado cuenta, pero una mamá es lo más maravilloso del cuento.

(Dormingo para leerse como fue escrito: desinhibidamente amoroso. Sabedores que la condición de madres es plural y diversa, no siempre tersa. Escuchando la maravilla de “The Shape of Her Face” de Michael Whalen incluido en la delicia de “Close to the Heart” de Narada)

miércoles, 7 de mayo de 2014

La Barbie Humana (o de "qué bonito es lo bonito, -pero- cuando es bonito")


Se llama Valeria Lukyanova y me horrorizó. Nativa de un país de Europa del Este de cuyo nombre no quisiera acordarme, reside ahora en el limbo terrible de la defenestación humana. Su supuesta belleza no es más que un retrato esperpéntico de lo más lamentable de nuestra especie: la estupidez. Antes encantaba, ahora horroriza.

Dotada de una belleza singular que encantaba, esta joven humana poco a poco dejó de serlo para convertirse en lo que ahora es: una modelo comercial. Y al lograrlo, no puede sino simplemente horrorizarnos. Lo dicho: antes encantaba, ahora horroriza.

Hace algún tiempo, Valeria se impuso la peregrina idea de parecerse lo más posible a la famosa muñeca estadounidense autodenominada “La Barbie”. Y lo logró: es idéntica. Y lo logró a pesar de un muy concienzudo artículo que hace tiempo leí y en el que algún crítico de los estereotipos culturales impugnaba el pretendido patrón de belleza de La Barbie (la muñeca gringa, no el narco mexicano, claro…) al señalar que las proporciones de su cuerpecito y rostro eran simplemente impensables en un ser humano, pues con esa morfología no habría mujer humana que pudiera subsistir, bueno ni sostenerse de píe. Y se equivocó, tanto como ahora todos lo estamos haciendo junto con la joven Lukyanova.

El asunto es que esta ser humano se ha sometido a una cantidad ya verdaderamente innumerable de cirugías plásticas que le han desprovisto de su apariencia natural de joven bella y le han provisto de la apariencia artificial de muñeca emblemática. Por su propia convicción, Valeria dejó de querer parecer persona y buscó parecer cosa. Nadie, ningún filósofo, físico o científico, ha logrado como ella acreditar semejante extraviado tránsito del espíritu hacia la materia.

Pero el problema no es Valeria. Ultimadamente cada quien hace con su cuerpecito lo que quiere… ¡bendito sea! El problema somos nosotros, todos nosotros. ¡Algo le está pasando a esta comunidad de miles de millones de seres humanos que una de nosotros ha decidido dejar de ser (o parecer) persona y quiere ahora ser (o parecer) cosa!

Ya perdimos a la chica Lukyanova y, en la inmensa pena de su extravío, todos nosotros hemos dado un paso más en el precipicio: ya no sólo fastidiamos el concepto ético y estético de “lo bonito” hasta hacerlo feo, sino que hemos desgraciado nuestra idea de consagración de “lo humano” hasta deshumanizarlo. Mal plan.

PD: Y lo peor no es eso, sino que por allí anda un mono que dice pretender lo mismo, ¡pero con el siniestrísimo Kent! (a la sazón, el muñeco novio de la muñeca Barbie). Aunque a decir verdad, el muy sonso ni se parece.


(Dormingo publicado en la versión impresa de Cambio de Michoacán del 3 de mayo del 2014, para ser leído como fue escrito y deben serlo todos los dormingos que se respeten: relajando el músculo craneal después de una inhumana sobreexplotación. Mejor si lo acompañan con la locura excéntrica y sincrética de Lady Madonna en el  “Love” del Cirque du Soleil con los Beatles. ¡Eso si es bonito!)

domingo, 27 de abril de 2014

Gabo (Dormingo de despedida al escritor escribano)


Mariposas amarillas. Súbitamente, como si fueran miles de flores amarillas llovidas sobre Macondo, todas ellas levantaron su frágil vuelo y revolotearon el aire plano llevando como estela el cuerpo sin vida del escribano y escritor. En la ligerez del despegue terrestre, una alegre pluma abandonó el cortejo y se nos vino a incrustar en los ojos. Por eso, todos lloramos la partida del inmortal Gabo: Gabriel García Márquez.

Y de entre la muchedumbre que nos reunimos metafísicamente a su alrededor, un coro de voces múltiples entonaba elegías y cantos paganos. Pero ninguno profano. Ese día nadie dijo misa. No hubo tropel, sólo la familia caminó serena a la cremación. Después vino la despedida y las honras públicas y oficiales en torno de una urna con cenizas.

De entre toda esta conmoción, un dato sorprendió: no hubo un solo detractor. Como los hombres buenos, sólo buena voluntad se manifestó. Y sorprendió porque desde hace poco y en tremendo contingente incontenible, también hemos visto pasar e irse a otros hombres (y mujeres) buenos, pero al mismo tiempo hemos escuchado como le acompañan quienes les detractan y sepultan, a veces antes de tiempo. Así oímos voces majaderas y torpes que desde la izquierda se cuestionaban a Paz o desde la derecha se impugnaban a Fuentes. Cosas de la hemiplejia moral (más bien ideológica, si es que en ella caben ideas) de la que hablaba Ortega y Gasset, ya suficientemente malinterpretado.

Pero el caso es que ese no fue el caso en el caso de García Márquez (je). ¿Por qué? No sé, pero quizá la respuesta esté en algún lugar escondida entre su mágica capacidad para forjar amistades reales, y su público y notorio equilibrio ante los así llamados “temas de actualidad”.

Todo mundo sabíamos de sus “posiciones de izquierda”. Algunos incluso por ellas lo disfrutábamos más como creador. Otros más preferían simplemente obviar, por ejemplo, su muy conocida amistad y complicidad con Fidel Castro de la que, por cierto, surgieron varios de sus pocos,  pero muy memorables, discursos leídos que hacían notar que el Comandante sí tenía quién le escribiera.

El asunto es que el celebre Gabo supo distinguir y hacer lo que en buen mexicano referimos cuando afirmamos que “una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa”. Y éste es el caso (je, otra vez): García Márquez supo diferenciar y sin embargo ejercer sincrónicamente, su condición de ciudadano y de escritor, incluso como periodista.

Como ciudadano, sabía que podría opinar sobre los asuntos sociales y públicos cómo le viniera en gana, pero quizá no le interesó. O no le interesó tanto como decirlo como escritor: escribiendo. De allí que, sin embargo, García Márquez no sólo fue un escritor, sino también un escribano que daba, literalmente, fantástica constancia de los hechos y los actos que pasaban frente a él. Por eso, para entender a Nuestra América, la América Latina, y sus soledades y esperanzas, pocas cosas tan valederas como leer la obra literaria (ya no digamos la periodística) de García Márquez.

No hay duda: junto con la sociología de González Casanova, la filosofía de Zea, los ensayos de Paz, la historia de Halperin, la economía de Prebisch y, hay que decirlo, la Poesía de Neruda, las narraciones de Cortazar y las novelas de Fuentes o Vargas Llosa, sus letras son también clásicas en ésto que podemos llamar a ver y pensar a América Latina desde América Latina.

Visión clásica y originaria que, como toda ella, tiene y debe tener actualizaciones e incluso sucesiones diversas, pero siempre fundadas y fundidas en su aliento humanista y justiciero, literalmente hablando y escribiendo. En particular desde esa visión que nos llena tanto de nosotros mismos y nos invitan a seguir intentando la utopia. Por eso, ahora que ha decidido seguir a las mariposas amarillas que lo hacen levitar al lado de todos nosotros, junto con el Nobel en Estocolmo, hoy habremos de seguir hablando, pensando, escribiendo, viviendo, sufriendo y transformando la soledad de nuestra América Latina, pues como diría el Gabo:

Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra”.

Que no descanse en paz, sino en creativa presencia, el escribano y escritor Gabriel García Márquez.



(Dormingo publicado en la versión impresa de Cambio de Michoacán del 26 de abril del 2014 y para ser leído como fue escrito: alegre en el legado y presencia, literalmente, de la vida y sus soledades. Escuchando la maravilla cripto autóctona de “Paisajes” de los maestros Antonio Zepeda y Eugenio Toussaint)

domingo, 13 de abril de 2014

Diez mil años (Dormingo de Celebración)


Hace varios millones de años que el primer changuito se bajó del árbol y comenzó a caminar erguido, y acaso diez mil que sus descendientes aprendieron a cultivar la vid y obtener de ella el rico fruto del buen vino.

Diez mil años. No son poca cosa, como para contemplarlos en las tonalidades rojizas de una copa levantada como estandarte de una cultura y la sana degustación de los alimentos de la tierra. Diez mil frente a los 6 mil con que cuenta la cerveza, su más cercana competidora.

Los primeros fueron los Sumerios, hace aproximadamente 8 mil años, luego los Egipcios (6 mil), los Fenicios (3 mil), los Griegos (2 mil), y los célebres Romanos (mil) que comienzan su conservación, dando origen a la crianza de nobles barricas como con el legendario Opimiano del año del consulado de Opimius en el121 a.c., consumido incluso 125 años después.

En América había también vid nativa, pero no se utilizaba para procurar vino. Fueron los misioneros católicos y sus misas las que lo introdujeron en nuestros lares y hábitos. Por decreto real, poco después de la Conquista, hubo de disponerse  que todos los barcos que se fuesen a hacer las Américas debiesen viajar con vides y olivos.

La vid y su rico fruto se expandió por nuestras geografías indómitas, hasta que nos hicimos competitivos ante los productores peninsulares, quienes impulsaron al Rey Felipe II a decretar, en 1595, el exterminio de los viñedos del nuevo mundo.

Pero la semilla estaba sembrada y en 1597, un nuevo y pronto decreto autoriza a don Lorenzo García para que en Parras, ahora Coahuila, establezca la Hacienda y Bodegas de San Lorenzo para producir el vino de consagrar necesario para la redención de las almas mestizas.

En 1870, don Evaristo Madero adquiere a San Lorenzo y funda la Casa Madero que todavía conocemos. Desde entonces, en este noble país se produce buen vino que, después de las pésimas rachas de los años setenta y ochenta, nos comienza a enorgullecer con las cosechas coahuilenses y bajacalifornianas, de alta calidad y oriundez fundamentalmente en el generoso Valle de Guadalupe.

Diez mil años. Gran cosa para celebrar y descorchar esta tarde un buen tinto mexicano, en celebración y conmemoración nuestra.



(Dormingo publicado en la versión impresa de Cambio de Michoacán y para ser leído como fue re-escrito: después de una semana de locos furiosos, degustando un buen vino de vid mexicana. Mejor si fuera un María Tinto, predilección de la hija mayor. Y escuchando los sonidos de aliento del “Camposanto” de Sibila de Villa, gran cosa!)

domingo, 6 de abril de 2014


Los viajes son como vidas pequeñas. En ellos nacemos cuando nos embarcamos, crecemos cuando transitamos, nos reproducimos cuando nos recreamos y morimos cuando regresamos. Por eso, los recuerdos de cada viaje son como cápsulas en nuestra memoria: pequeñas esferas redondas, muy bien delimitadas, dentro del universo enorme de la circunferencia más o menos abierta de nuestra existencia.

Cada viaje es como una vida que se acomoda en la nuestra como pequeña resurrección: como cuenta de un rosario vital. De esa forma, en su propia vida uno puede haber sido muchas cosas y habitado muy diversos lugares, con su propia gente e historias: vivido muchas vidas. Por eso los viajes, aunque comiencen y acaben, siempre están allí y aquí, aunque no nos demos cuenta de cómo nos pueblan y determinan.

Cada una de esas esferas redondas es un planeta completo habitado por climas y cimas, faunas, dunas, floras, campos, ciudades, caminos, paisajes, pasajes, colores, olores, sabores, sensaciones, pasiones. Y giran y orbitan dentro de las constelaciones de nuestros recuerdos y aspiraciones como palpitaciones de aspiraciones por vivir diversas vidas antes de partir y ya no parir, antes de morir.

La vida, como sabemos, es un viaje. Pero después de viajar es, además, un itinerario poblado y germinado, vivificado, por diversos paisajes que, por dentro, le tonifican y modifican. De allí que una buena carta de navegación sea siempre útil para, con todo y brújula, echarla en una botella al enorme océano en que los mares se multiplican. Como la vida misma.


(Dormingo publicado hace semanas en la versión impresa de Cambio de Michoacán y para leerse como fue escrito: viajando y escuchando al Quito Rymer y su “Mix up World”, con un fino de Jerez bien frío)

domingo, 30 de marzo de 2014

Viajero/ra (Dormingo)


Viajero, ra. Dícese de aquél/la: explorador que descubre restos de pirámides y monumentos históricos; escalador de montañas; navegador de mares, canales y lagos; habitante solaz de playas maravillosas; surcador de cielos azules o grises o blancos; escudriñador de museos y galerías; auditor de bares y arrabales; caminador de caminos, calles, callejones, plazas y plazoletas; admirador de personas bellas y cosas bonitas; perseguidor de muchachas extranjeras; encantadora de hombres extraños; fumador en terrazas ajenas; habitante fugaz de habitaciones ajenas; poblador de camas blandas y duras, pequeñas y grandes, con mosquiteros o sin ellos, con amores o sólo calores, o sin ellos; templador de aguas calientes y frías; termómetro de veranos e inviernos, incluso vividos en un mismo día o en algo parecido a un mismo día; buceador de bañeras diversas; arquitecto de paisajes; fotógrafo de recuerdos por venir; catador de vinos y viandas; degustador de manjares y atardeceres; vigilante nocturno y vigía de amaneres; explorador extraviado en pasillos y ascensores de hoteles indescifrables; angustiado perdedor de pasaportes, billeteras y lentes; reclamador en recepciones y proclamador en piscinas y mares abiertos; disfrutador de bárbaros soles e inclementes fríos; sufridor de quemaduras y pieles agrietadas, estiradas o enardecidas, siempre enrarecidas; volador de aviones; planeador de vidas no extensas sino intensas; diseñador de rutas; organizador de tardes, conquistador de mañanas, descubridor de noches; descifrador de mapas y verificador de horarios; cansador de píes en fríos suelos y resucitador de cansancios en aguas calientes; investigador de masajes, saunas y vapores en recintos impredecibles; portador de botiquines; compilador de champús y jabones chiquitos; buscador de baños urgentes; encontrador de niños extraviados; paciente esperador de mujeres en compras; decidida depredadora de cuanto recuerdito se le pone en el camino; admirador de museos y arquitecturas; sufridor de espaldas; festejador de papilas gustativas y oculares; receptor de bienvenidas, receptáculo de despedidas; esponja humana.



(Dormingo extemporáneo (1 de 2), publicado en la versión impresa de Cambio de Michoacán del 15 de marzo del 2014. Se comparte aquí una vez que la locura de los tiempos ha bajado, no la otra. La viñeta es de la Grande Ana Lucía Solís, Colibrí. Dormingo para ser leído como fue escrito: viajando. Escuchando la maravilla de los dos CD’s de Barcelona Files)

sábado, 8 de marzo de 2014

Mujeres (Dormingo en el Día Internacional de las Mujeres)


Crisol de todas las diversidades para una identidad propia policromada y multifacética; chispa de ignición para el sol de todos los días de la vida; claridad toral para el ancho horizonte que ilumina a la luna de todas las noches asequibles; faro de un puerto de salida que es el de llegada; fortaleza de todas las firmezas posibles; independencia de todas las naciones hechas matrias y ya no sólo patrias, donde habitan todas las ciudadanas que un día nos gobernarán; dulzura de todas las ternuras factibles; dolor de todos los perversos daños infligidos; delicadeza de una vida dura; omnicomprensión del mundo; multitareas de verbo interminable, llanto disponible y perdón irredento; suavidad de todas las caricias accesibles; trinchera de aquellas batalles libradas y las que faltan; ejemplo para y de una vida por venir, de una sociedad por llegar, por arribar, por conquistar, por poblar, por vivir, por redimir, por explicar, por fundar, por exigir; síntoma vital; garantía existencial; recinto, origen, destino, explicación, expiación, inmolación, exaltación; seres humanos espléndidos y superiores por su naturaleza y la tersura poco disimulada de su recio carácter; compañera, madre, hija, tía, sobrina, prima, abuela, amiga, guía, líder, cómplice, esposa, amante, confidente, colega, socia, escuchadora, admiradora, enloquecedora, convocadora, habladora, discursiva, incisiva, inclusiva, exclusiva, explosiva; todo lo comprensible y lo que no se comprende; todo lo que se desea y no se espera, pero se anhela; alojamiento para el ánimo exaltado; plataforma para el espíritu anonadado; ágora para el alma dispuesta y creativa; café, agua, whisky y cerveza, unos tintos y mezcal, a veces mucho mezcal, cosméticos, libros, tacones, lentes y chalinas, discursos y proclamas, explicaciones nunca concedidas, reclamos siempre insatisfechos, llaves extraviadas, coches mal estacionados, cocinas en desorden, alimentos exquisitos, sazón y razón, faldas y pantalones, tacones, otra vez tacones, siempre tacones; ropa insuficiente; tiempo faltante; amigas de sobra, sobre todo si son las mías; amigos en falta, sobre todo si son los suyos; oficina, casa, cama, dama, dama indómita, dama insólita; coche, teléfono, chateo, texteo, el teclado y el volante, las bolsas como tema aparte; las citas, las prisas, la presión y el estrés, una copa en la mesa, una playa en la promesa; carácter indómito; ánimo indescifrable, impredecible, a veces impresentable, siempre disfrutable; autoestima fundamental, como brújula y como radar, como escudo y lanza, como columna vertebral; cuerpo que es templo, altar y santuario; mirada que es destino; olor que es color, antes y después del calor; gusto que es gusto por la vida y sus orígenes acuáticos; tacto que es escritura que se pirograba por debajo de la piel, donde la carne viva anida y detecta todo el dolor y todo el placer, como si del entendimiento estético de la vida se tratara, como si de las sensaciones nos pronunciáramos, como si de nuestros desfallecimientos procuráramos el aliento impulsivo; lo único crucial por lo que vale la pena irse a crucificar, una y otra vez; autonomía soberana que se abre paso a pesar de nosotros; ¿cómo resarcir los agravios milenarios que todavía, a estas alturas de la vida, se nos salen como eructos misóginos y cobardes?; ¿cómo lograr la gracia de la igualdad y civilización?; ¿acaso como seres humanos en natura comunión?.



(Dormingo para ser leído como fue escrito: en la víspera del Día Internacional de la Mujer de todos los años de toda la vida, escuchando una lista de reproducción propia titulada “Mujeres latinas sincrética” con Buika, Lila Downs, Bebe, Martirio, Natalia Lafourcade, Carla Morrison, Alondra de la Parra, Eugenia León y Betsy Pecanins, digo; para empezar)

martes, 11 de febrero de 2014

Despedida de Abuela


A mi mamá Lilia, hoy y siempre.

Te vas suavecito, como cuando me abrazas con esa ternura milenaria. Poco a poco, como hermosa vela de seda, te vas apagando, como si a la vida le susurraras una última estrofa. Sólo tu que eres tan sabia conoces el camino de regreso y lo recorres con esa altivez que aún ahora, en el ocaso de este mundo, distingue tu paso y la adorada estela de tu figura.

Yo te veo y entonces te escucho. Sé lo que me dices, lo siento. Yo también te quiero.

Yo te veo y tu me miras. Y entonces todo me lo dices tan claro. Yo tampoco quiero que te vayas, pero también sé que te estás yendo. Quizá mañana despierte otra vez en tu regazo para bajar corriendo a desayunar contigo y escuchar las historias del abuelo y las mitologías de los griegos. Por lo pronto, duermo tranquilo en tu sueño. En él me miras y apagas la luz. La claridad de todo me cobija como una bendición tuya. Otra vez me curas con tus manos de abuela, con tus cuidados de gran madre. Y ahora somos nosotros los que te mimamos y acercamos los remedios.

Estás cansada, ya lo sé. Por eso agradezco tanto que sigas preñando de flores el camino de ésta aún gentil partida. Tu paso lento nos demuestra que sabes a dónde vas, sin prisa ya. Así, como siempre, al cuidado de todos nosotros, haz decidido hacerlo poco a poco y poco a poco nos besas y nos recuerdas que el tiempo del mundo no es el de la vida.

¿Cómo puedes saber todo de la vida? ¿Cómo pudiste guardártelo para ti y mostrárnoslo sólo de vez en vez con esa linterna de caricias y regaños? Nuestras hijas e hijos, que te miran plena, comienzan a saber cómo te les germinas por dentro. Un día, viejas y viejos, te mirarán en el espejo. Es la sabia y paciente nutriente de la semilla.

Abuela, ahora te digo que todos seguimos aquí, al rededor del asombroso tronco de este árbol tuyo de mujer mixteca. Y todos nos seguimos amparando en tus manos claras que, al despedirse, siguen dibujando al hablar todas las siluetas de la gente buena. Y sonreímos contigo. Ya habrá momento, después, para dejar de hacerlo.

(Dormingo publicado en la versión impresa de Cambio de Michoacán del 8 de febrero del 2014, en la víspera de la partido de mi Mamá Lilia y para ser leído como fue escrito: al lado de su abuela viajera, escuchando a Lila Downs y si entrañable Xochipitzahua)

domingo, 5 de enero de 2014

Elogio de la vacación (Oda al tiempo nuestro)


Puede ser que la mayor virtud de las vacaciones sea el recuperar para nos el tiempo nuestro. Interregno entre dos calamidades que no deberían ser tales, la vacación (como buenamente se nombre ahora a las “vacaciones”) se vuelve un momento donde volvemos a ser lo que nunca debimos dejar de haber sido: dueños de nuestro tiempo.

En efecto, a la vacación llegamos desde y regresamos hacia una barbaridad donde nuestro tiempo deja de serlo para someterse al designio de los demás, que ni siquiera se saben poseedores de tan preciado tesoro y no están, por supuesto, en la dignidad de aquilatarlo.

Es en esa incivilizada modernidad cuando las cosas urgentes se imponen a las importantes. No hay tiempo para nada, sino sólo para poco y ya no lo decidimos nosotros. La prisa, fuente de todo estrés, se vuelve el vacío existencial donde nos perderos, literalmente, a nosotros mismos. Pero sobre todo la prisa por hacer cosas urgentes carentes de importancia, más allá de la que le quiere embarrar la sórdida y neurótica estupidez del sinsentido.

En la vacación, en cambio, lo importante se impone a lo urgente que, poco a poco, se disipa. No hay prisa estresante, porque ya no desechamos el tiempo en cosas que sabemos bien que no valen la pena, otra vez literalmente. Ya ni siquiera el tráfico y el tiempo que estorbosamente nos arrebata se vuelve una estresante angustia, sino sólo un momento incómodo como escala rumbo a nuestro amable destino. Al extirparnos el reloj de los demás, no hay forma de sentir que somos despojados de nuestro ser existencial más terrenal: ser dueños de nuestro tiempo, en soberana edificación.

En la vacación dedicamos nuestro tiempo a lo importante: vivir y disfrutar el goce de estar vivos, sea lo que cada quien entienda y ejerza por ello. Incluso a atender asuntos del trabajo sin la presión de la prisa, ni el peso estúpido de lo urgente sobrepuesto a lo importante, si es que eso nos devuelve parte del goce por la vida que se disfruta.

En la vacación, el vacío estresante es relevado por la plenitud relajante. El descanso del cuerpo calma al espíritu y el alma se reivindica, reinventándose. En su confortable regazo nos encontramos a gusto con nosotros mismos, y entre y con los demás. Y eso porque sólo podemos ser plenos si somos y nos asumimos con los demás, sin sumirnos en los demás. Cosa que sólo se logra cuando estamos en paz, y con buena voluntad.

Es así como, en las profundidades humanas del ocio creativo, encontramos el alimento existencial y la reivindicación humana que nunca debimos extraviar en el trabajo fecundo y creador, como dirían los clásicos. Por eso la vacación es también buena humanista ocasión para tomar fuerzas y procurarle al trabajo su verdadera dimensión.

Va, por lo pronto, una convocatoria dorminguera para procurar vivir al revés: que el espíritu libre y liberador nos acompañe este 2014. Ser dueñ@s de nuestro tiempo, soberan@s de nuestra vida y sus creaciones. Dueñ@s y por tanto responsables, de nuestros actos y omisiones. La vacación no será el tiempo excepcional. La excepción la haremos cuando nos dejemos llevar, otra vez, por las prisas locas de los demás. ¡Si es que lo logran! Je…


(Dormingo para ser leído como fue escrito: durante el primer Dormingo del año, en miércoles, e instalado en el espíritu de la vacación. Mejor escuchando el “Brazilian Lounge” de Putumayo que le regaló de cumpleaños su hija menor, particularmente la delicia de “Meu Esquema” de Mundo Livre…)

miércoles, 1 de enero de 2014

Despedidas (Dormingo)

Todos nos despedimos alguna vez. Pero algunos, por extraño desvarío del destino, nos estamos despidiendo todo el tiempo; a cada rato, casi a cada instante. Vamos de un lado a otro y nos despedimos de los nuestros, de los suyos, de los demás, incluso de quienes no conocíamos, ni quizá conozcamos realmente. Nos despedimos los unos de los otros. Nos despedimos de nuestros seres queridos, pero también de los que dejaron de serlo porque dejamos de quererlos o porque dejaron de querernos, casi nunca porque dejamos de querernos. Nos despedimos de los conocidos y de los desconocidos, mientras lo son y hasta que dejan de serlo. Nos despedimos con pasión, también desapasionadamente.

Nos despedimos para siempre del amor de nuestras vidas y por un momento del vecino. También nos despedimos para siempre de las personas en la tienda de discos, aunque uno nunca sabe realmente, y por un momento de nuestros compañeros del trabajo, aunque tampoco uno nunca realmente sabe.

Nos despedimos, nos despedimos, nos despedimos. Somos seres nómadas de espíritus itinerantes. Por eso nos andamos despidiendo por aquí y por allá. Pero no todas las despedidas son iguales. Hay unas más diferentes que otras. La intensidad es lo que las distingue. Y su intensidad está determinada por su intensión, más que por su extensión. Por eso no importa cuánto dure, sino cuánto se sienta. A veces nos despedimos de alguien a quien acabamos de encontrar y disfrutar en la vida, y nos enferma profundamente. Otras veces nos despedimos de alguien a quien sufrimos toda la vida, o mucho tiempo de toda la vida, y nos alivia profundamente. Otras de plano nos despedimos sin mucho afán de alguien a quien no consideramos en nuestra vida, hasta que vuelve para encarnársenos.

Pero no todas las despedidas son terminales, sólo unas de ellas: las definitivas. Porque también en eso son diferentes: unas son las despedidas para siempre, que pierden a las personas, y otras son las definitivas, que conservan a sus almas. Sólo la muerte es la despedida definitiva. Las demás son siempre despedidas, incluso las de para siempre, pero también siempre son bienvenidas. Porque uno se va de un sitio para llegar a otro. En una orilla hay alguien despidiéndose, en la otra alguien presentándose. Por eso las despedidas son semillitas amargas de frutos dulces, incluso cuando son definitivas.

(Dormingo publicado en diciembre en la versión impresa de Cambio de Michoacán y para ser leído como fue escrito: despidiéndose. Despidiéndose de su casa moreliana después de 14 años. Escuchando, a lo lejos la música de aquellos tiempos y disfrutando la maravilla de “If she Orly new” del profesor Kevin Yost) 

martes, 22 de octubre de 2013

Marica



Tiene 27 años y juega fútbol. Es delgado y alto, más bien espigado. Dicen que es buen jugador, vaya usted a saber. Lo que sí se sabe es que acaba de ser contratado por el Getafe, equipo más bien malón de la Liga Española, para alinear con ellos en la presente temporada. También se sabe que es rumano y que viene de jugar con el Schalke 04 de la alemana Bundesliga. De igual forma, se sabe bien que nunca había tenido problemas por su nombre para jugar fútbol o vestir uniforme alguno, por más estrafalario que fuese (y conste que en Rumanía debe haber varios uniformes con esa condición, dada su incontenible propensión por el colorido). También se sabe que se llama Ciprian. Y que  se apellida Marica.

Pues bien, debido a la razón sinrazón del nombre de su apellido, nuestros madrespatrios compañeros panboleros de la península ibérica decidieron que su egregia playera no podía, ni puede, ni pudo, llevar en la espalda su sorprendentemente simbólico apellido, pues podría ocasionar "un incidente desagradable entre el rumano y los aficionados o rivales del club", a decir del comunicado oficial... ¡Hágame usted el santísimo favor! (sin albur, claro).

Así las cosas y a diferencia del resto de sus compañeros e incluso del malogrado "Chicharito" que ni se apellida así y sin embargo porta esa denominación en cuanta playera futbolera se ciñe (incluida la de la selacción nacional, ¡coño!), la de este compañero sólo llevará su nombre de pila: Ciprian, que parece no tiene ninguna connotación maligna en sacrosanto español.

Preclaro episodio para documentar nuestro prejuicioso optimismo, todo esto debe estar importándole nada el camarada Marica, pero a nosotros nos sumió en una melodramática cruzada que bien apuntala la nota de marras: "cabe señalar que el futbolista rumano no había tenido que lidiar con esta situación debido a que en los países donde ha militado la palabra marica no tenía significado alguno".

Desde luego, debe siempre pugnarse sin descanso por un uso no sexista ni discriminatorio del lenguaje. La palabra marica, maricón o cualquiera otra para refererirse despectivamente a hombres homosexuales debe proscribirse de nuestro léxico cívico. ¡Pero no así los apellidos! Como bien sabemos: una cosa es una cosa, y ¡otra cosa es otra cosa!

Parece que ahora sí fue tanto que ni al Santo alumbró, pero tanto que lo quemó. Como quiera que sea vale anotar en este itinerario dorminguero dos cosas: 1) a las palabras no se las lleva el viento, tienen significados y pesan, y; 2) los prejuicios prejuzgan y hay que sentenciarlos a vivir en el mundo del ostracismo del que nunca deberion haber salido. Con razón alguna vez alguien dijo que la ignorancia está más cerca de la verdad, de lo que lo están los prejuicios.



(Dormingo publicado en la versión impresa de Cambio de Michoacán del 19 de octubre del 2013 y para ser leído como fue escrito: sin prejuicios -bueno, sin muchos-, antes de ver livianamente Gravity de Cuarón y escuchando alternadamente a los bárbaros de Telefunka con su "Bailando" y a los salvajes de Brian Linch/Eddie Palmieri Project con su "Guajira Dubois")